El Color del Fuego (Santiago, Chile – 2008)

LI LO ADHERIDO, EL FUEGO
KUN LO RECEPTIVO, LA TIERRA

En todas las culturas aparecen los rituales del fuego.

Al igual que el agua, el fuego es símbolo de transformación y regeneración, de ahí el sentido del ritual del fuego como magia, para asegurar la generación de luz, tanto física como espiritual .La luz se propaga penetrando en los seres humanos y su enregia regenera y purifica.

Esta vez elegí trabajar en cerámica porque me pareció un medio adecuado para contactarme con los sentimientos. La cerámica impone un ritmo lento, un camino largo, que se recorre con pasos cuidadosos. El tiempo de la cerámica no es el tiempo de la vida. Y en ese andar necesariamente pausado surge el  espacio para reflexionar.
Es un privilegio trabajar con la tierra, el agua el aire y el fuego, los elementos esenciales de nuestro mundo, los elementos de la vida. También esta el placer de lo táctil, el contacto con la materia y la conversación sanadora que con ella se genera.

Como aprendiz observé el trabajo del fuego tímidamente, hasta que sentí que estaba preparada para entender y hablar su leguaje. Estudié los hornos, las distintas quemas, las de alta temperatura a 1300 grados donde se logran la mayoría de los esmaltes, la quema a cono 5 donde se valorizan los engobes y pigmentos, la quema anagama que dura 5 días y la ceniza se va impregnando en la pieza y finalmente la quema primitiva, por la que construí mi propio horno a leña a la usanza de los antiguos de tiro alto abierto, donde pude interactuar con la alquimia de la madera, el fuego y Las distintas cenizas.

En mi afán de conectarme con los orígenes, no solo, con lo primitivo, sino también con las raíces de nuestra identidad como país. He querido rescatar la técnica del ahumado.
Experimentar incorporando, vegetales y elementos naturales como una forma de alimentar a la madre tierra.
El trabajo que hoy presento es fruto por tanto de una larga investigación que transformó mi manera de relacionarme con la tierra, no solo como paisajista, donde mezclo las especies, sus formas y colores como si la pintara, sino moldeándola sintiéndola puliéndola, impregnándola, dándole otro tipo de vida de paso. El fuego, que no tiene forma y se adhiere, da el color el calor y nos transforma.

Keka Ruiz-Tagle


Conocí a Keka Ruiz-Tagle en un taller que dirigí en Santiago en el Taller de Cerámica Huara Huara de Ruth Krauskopf. Me impresionó su ambición, su energía y su coraje.  Su tremenda vitalidad para visualizar su quasi obsesión con sus caballos y sus acrobáticos jinetes me pareció admirable.

Keka sabía perfectamente lo que quería hacer con greda, dado que ya había desarrollado completamente sus imágenes en pinturas y grabados de vibrantes colores. Keka aprendió a trabajar con greda con mucha rapidez   y sacó lo mejor de ese material. Los caracteres, mediante formas y sutiles  colores, expresan claramente sus individualidades, aunque parecen trascender al tiempo y edades, sus superficies y texturas parecen revelar alguna historia.  Teniendo al mismo tiempo un dejo de gravedad y de ingravidez, sus caballos y jinetes trascienden sus telas hacia un espacio real y creíble.  Imaginé que era el País Equino donde los caballos son tan grandes  y Fuertes como lo es la tierra, y que la gente era pequeña, protegida y feliz como si fueran niños.  Las personas demuestran su afecto por estos equinos terrenos con danzas acrobáticas. El contraste entre la estabilidad al interior de la forma de greda y los movimientos alegres es una sensación muy agradable.  Es como una niñez feliz que se desenvuelve sostenida por la invariable estabilidad del amor de una madre.

Posiblemente sienta un poco de envidia de esa gente del País Equino. En el mundo real nos preguntamos quién nos sostendrá con su protección, cuidados y afecto.  ¿Podremos encontrar esta confianza en nuestro planeta, país, gobierno, comunidad, hogar o familia?   Si repentinamente yo fuese un miembro de ese País Equino, me pregunto si sería capaz de reconocer este tipo de felicidad protegida.  ¿Sería capaz de expresarme físicamente en forma abierta y lleno de alegría? Quizás, la clave sea sentarse tranquilamente frente a la obra de arte de Keka, mirarla y escapar a ese país.  Creo que no me costará imaginarme como un hombre inocente, relajado y feliz.

AKIO TAKAMORI


OTRA FORMA DE ABORDAR LA TIERRA

El jueves 5 de junio Keka Ruiz-Tagle mostrará el resultado de una larga investigación que asegura cambió su manera de relacionarse con la tierra. Como paisajista está acostumbrada a trabajar con ella mezclando especies, texturas y colores. Como artista, y a través de la cerámica, ahora se atrevió a moldearla, impregnando en ella su habitual paleta de tonalidades y dándole así otro tipo de vida. La exposición “El Color del Fuego”, en la galería Artespacio, es prueba del inquieto temperamento de esta autora afanada en buscar siempre nuevos soportes de expresión.

Texto, Mireya Díaz Soto Retrato, Juan Francisco Somalo Fotografías, Dante Mellado, gentileza Keka Ruiz-Tagle

De la ciudad y la vida urbana Keka Ruiz-Tagle valora la conexión con la gente. Pero reconoce que el vínculo con la tierra es lo único que la centra. Entonces, cuando quiere estar bien y en paz se sube a un bus y se va a su terreno en Caburgua, donde jardinea y jardinea en silencio. Hasta que está preparada para volver a su habitual ritmo citadino de mil kilómetros por hora.

Da la impresión de que estos repentinos viajes fueran retornos momentáneos a la infancia. Porque Keka se crió en Chimbarongo hasta los nueve años. Sin colegio, pero con lecciones diarias de jardinería experimental a campo traviesa. A los diez, cuando tuvo que acostumbrarse al francés de las aulas de los Sagrados Corazones, en Santiago, el mundo se le vino encima. Superado el trauma sacó cuentas y pensó que nueve años de libertad por uno pésimo no fue tan malo. De paso, con el tiempo fue confirmando que lo que más quería en la vida era estudiar Arte.

– Las cosas son graduales. Creo que vas abriendo puertas. Yo partí con la pintura, y todo bien. De repente pensé que quería hacer collages, juntar objetos y recomponerlos en un nuevo significado… De niña me encantaban los fanales, recuerdo los de la casa de mi abuela. Entonces quise crear cajas de magia. Las hice en la exposición Atrapasueños del 2002. Y luego ocurrieron dos cosas: una, vino la instalación en el Bellas Artes (Giros de Magia, 2006) en que convertí la sala Chile en otra gran caja; y dos, sentí que debía aprender a hacer figuras, porque no podía vivir con la limitante de la figura encontrada por azar. ¿Qué pasa si no la encuentro? Para eso también necesitaba independencia, algo que me ha motivado toda la vida- , explica Ruiz-Tagle.

De manera también gradual años antes había pasado del amor amateur por el jardín al paisajismo profesional. Un día su amiga del colegio Bárbara Said la invitó a ser su socia: “Le pregunté que cómo, si yo no era paisajista. Y me contestó: ‘Oye, tú me enseñaste los nombres de todas las plantas, tienes el diseño, el color, y qué tanto. Lo que no sepas lo puedes estudiar’. En realidad ha sido maravilloso”, recuerda a 24 años de esa decisión.

El diseño de jardines es un proceso al que se focaliza de lleno, aunque sigue fantaseando con las lúdicas imágenes que han ido y vuelto en los distintos momentos de su carrera. Después de la instalación en el Bellas Artes -por la que recibió favorables comentarios de la crítica- ha continuado con las temáticas de caballos, trapecistas, seres mágicos y espirituales, ascensiones y paseos por el cielo. Pero para esta muestra tenía ganas de “tomar la tierra y trabajar con ella de otro modo”, dice.

– El primer intento con este material me fascinó, pero me costó porque tiene una velocidad muy distinta a la de mi carácter. Me gustó precisamente porque demanda un tiempo que es para reflexionar, y en el que no puedes ir más rápido. Es un tiempo de un respeto hacia el material, una pausa que además te hace crecer y relacionarte de forma distinta con él. Ahora, también hay una parte importante en mi temperamento que es el interés por descubrir. Me agrada la libertad que da trabajar con un material nuevo, porque no hay ninguna referencia personal de lo que lograste. Nada. Pero sí hay una licencia al empezar todo de nuevo. Eso me motiva y alimenta mucho. Reconozco sí que fue difícil.

Hace tres años dio un paso relevante en este camino de experimentación, gracias a un seminario de diez días dirigido por el ceramista japonés radicado en Estados Unidos, Akio Takamori. Las clases fueron en el Taller Huara Huara -donde Keka ha entrenado el oficio- y con él resolvió un método de construcción de piezas a través de pasos básicos, pero que les permitían sostenerse sin por ello tener que pesar una enormidad. Del trabajo de Keka, Takamori escribió: “Me impresionó su ambición, su energía y su coraje. Su tremenda vitalidad para visualizar su cuasi obsesión con sus caballos y sus acrobáticos jinetes, me pareció admirable”.

Pero esa fue la primera fase. Luego tuvo que probar esmaltes, pigmentos y temperaturas de cocción para poder acercarse a lo que quería: el color impregnado en la tierra. No tonalidades sobrepuestas ni nada suntuario, sino más bien algo elemental. “Mi preocupación siempre ha sido rescatar la presencia que tienen las figuras y las emociones que éstas transmiten. Entonces mientras más terrenales sean o mientras más ancestrales parezcan, tienen una mayor carga emocional”.

Investigando las tonalidades avanzó hacia el siguiente objetivo: lograr que las figuras fueran suyas. Porque no era cosa de empezar a hacer gres. Cuál era el sello, qué quería imprimir en ellas. Ahí mandó cosas a quemas de anagama, una técnica muy antigua, que dura cinco días. Las piezas se van impregnando con las cenizas y también va quedando la huella del fuego, según detalla. “Seguí igual quemando en el taller hasta que llegó un minuto en que si no tenía la oportunidad de experimentar esto de frentón, nunca iba a lograr lo que quería. Entonces empecé a estudiar los hornos y me hice uno en el campo de mi mamá en Llolleo, donde hay bosques de eucaliptos… un regalo del cielo”.

¿Entonces hallaste una marca propia?

– Claro. De repente miraba el horno, levantaba un poquito, esperaba a que bajara el fuego y empezaba a poner cosas, a agregar óxidos, en fin, a experimentar. Me sentía preparando las recetas de brujas que uno leía cuando era chica. Tiene la incomodidad por el traslado de piezas crudas… pero dentro de todo, he tenido éxito.

¿Cómo te imaginaste todos estos seres y rostros?

– He estado trabajando en la línea de los chamanes. Los mensajes de la sabiduría que hay en la tierra, de siempre. De no desapegarse de eso. Siempre me han impresionado estas medicinas milenarias y sus rituales. Es un conocimiento que es muy importante rescatar y dignificar como millones de otros. Por eso busqué estos personajes que no son de este tiempo.

¿No has echado de menos la pintura?

– No. Estaba muy fascinada y muy metida con esto. Y no quise mezclar, porque igual tengo en la cabeza hartas cosas, incluido el paisajismo, que es otro mundo, pero que tiene la gracia de que pintas con las especies.

Para el paisajismo ocupas herramientas del arte como la composición, el color, las texturas. ¿Cómo es al revés?

– Creo que los colores de la naturaleza se van fijando. Hace un tiempo junto a otros pintores hicimos un viaje al sur cuando estaban todas las lengas rojas. Se me metió ese tono y habré pintado cinco o seis cuadros que tenían esa intensidad de rojo. Nunca he pintado paisajes, pero sí he ido incorporando también texturas, como las de las nervaduras.

¿Los tiempos no tienen que ver? ¿Estar obligada a esperar los resultados en el jardín no te ayuda a las esperas del arte?

– No creo. Cuando desarrollo proyectos de paisajismo me salto la etapa inicial. Mientras planto y planifico estoy visualizando cómo va a ser cuando esté grande. El paisajismo tiene esa cosa rica que cada vez que lo vas a ver está mejor, porque se está aproximando a como tú lo pensaste. En muchos trabajos hay un deterioro, es al revés. En ese sentido no siento la aprensión de cuando estoy metida en la cerámica y no puedo seguir avanzando porque está mojada. O en la pintura, cuando no puedo poner la siguiente capa porque tengo que esperar a que el óleo se seque. En el arte me pongo más ansiosa porque hay un sentimiento adentro y con elementos desconocidos. No preveo ciento por ciento el resultado.

Y a las especies ya las conoces.

– Sé cómo se van a comportar, en qué espacio van a andar bien, uno imagina los colores en la playa y en la arena y cómo el viento las va a mover. Es un mundo conocido. En cambio en el arte tienes una intención, pero el comportamiento durante todo el desarrollo de la obra no es totalmente controlado.

¿Cómo has elaborado una línea de continuidad en tu trabajo a través de expresiones, materiales y formatos diferentes? ¿Qué los une?

– Lo que quiero transmitir. El rescate de lo esencial, de lo que permanece, de la magia. También tiene mucho que ver con la intimidad, la comunicación de sentimientos, aunque no se digan. Todo eso que está en mi obra se va traspasando de un lenguaje a otro, unos con más éxito que otros, no sé, pero a mí me interesa que mis trabajos sean abiertos. El hecho de experimentar en diferentes materiales es porque aprecio la libertad que da descubrir un soporte nuevo y que no tengas cánones establecidos que te amarren. Que haya sutilezas y que el mensaje no sea obvio.


Keka Ruiz-Tagle vuelve a exponer, esta vez en Galeria ArtEspacio. Sin olvidar ese interesante Carrusel Giros de Magia, ahora presenta cerámicas tratadas con un sentimiento escultórico,. Aludiendo a los cuatro elementos, fuego, aire, tierra y agua, estas obras se encuentran con destreza en un imaginario personal. Cabezas con tocados de diseños irónicos que entran en el concepto del Campo Expandido de la Escultura, según Rosalind Krauss.
Ruiz-Tagle es contenida en lo formal, y en este montaje vislumbra un deseo de innovar, al traer un aliento del taller. Es así como vemos que ese desfile de cabezas corresponde a una mirada que se conjuga en alguna de ese obras, a través del alma y corazón de estos seres que no son reproducciones de habitantes callejeros, sino mas bien permanecen como entes de laboratorio difícil de precisar, penetrando en interioridades.
La artista, que subyuga al material, cruza el terreno de las cabezas e ingresa en el mundo de los equinos, concentrándose en otra poética. Allí salta la versatilidad de la artista, cuya voz silenciosa inicia el camino del desenfreno creativo. Ruiz-Tagle ha aprendido a detenerse, en un acto que resume el momento de la madurez de una artista.

Ernesto Muñoz


No se aguantó. No han pasado ni dos años y ya tiene lista otra espectacular exposición. Y cuando decimos espectacular es en serio, porque Keka Ruiz-Tagle no se viene con chicas. Qué mejor prueba que su última muestra en el Museo de Bellas Artes, cuando transformó la Sala Chile en una gran caja de música llena de mucho color, movimiento y, por qué no decirlo, magia.
Esta vez la cosa es un poco distinta, El color del fuego es una exposición de esculturas de distintos formatos, donde dará a conocer su último gran descubrimiento: su pasión por la cerámica gres. Como nos contó, todo partió cuando estaba en pleno montaje en el MNBA. Ahí decidió concretizar el sueño que desde chica le daba vueltas en su cabeza y que no se había dado el tiempo de llevar a la práctica:  tomar clases de cerámica. Fue así como llegó al mejor lugar, el taller Huara Huara, donde lentamente empezó su investigación. Al principio partió tímida, no mezclaba muchas pinturas ni trabajaba objetos tan grandes, pero a medida que fue pasando el tiempo agarró confianza, tanta que llegó un minuto en que tuvo que construir su propio horno para hacer los miles de ensayos necesarios para cada una de sus obras. “Quería probar, mezclar pigmentos, tintas y diferentes pinturas y para eso tenía que tener algo mío. Y esto me sirvió para tomar más riesgos, para experimentar y aprender cada vez más de este arte”.

Su temática ha sido la misma a lo largo de su carrera, pero se ha encargado de plasmarla de las maneras más increíbles y atractivas posibles. Si no es a través de cajitas de vidrio con figuras en su interior, pinturas con técnica digital intervenida o instalaciones con movimientos, lo hace a partir de la composición de melodías. Pero como dice, más que la forma lo importante es el fondo, el mensaje que está presente en cada nueva puesta en escena y que tiene que ver con rescatar la relación del hombre con la tierra, sus raíces, sus tradiciones, los sentimientos más íntimos y los pensamientos que muchas veces olvidamos al estar tan conectados con el mundo moderno en el que vivimos. Y en esta oportunidad no hizo la excepción, porque a partir de una serie de simpáticas cabezas que pareciera que llevaran un sombrero encima –pero que en realidad significan algo mucho más trascendente que eso, toda la carga emocional que tenemos tan dentro–, algunos caballos y también las figuras de un hombre y una mujer, se encargó de reflejar la verdadera identidad.

“La cerámica es un medio muy adecuado para conectarse con los sentimientos, donde el color es el lenguaje que uso para expresar lo que siento y el fuego del horno el motor que hace posible que esto se lleve a cabo”. De una u otra manera el proceso que implica esta técnica, el cocer las piezas y el no saber de qué colores van a salir porque dependen de la temperatura y del tiempo de quemado, hacen de esto algo mágico y desconocido, donde está en juego el azar y la sorpresa que tanto habla Keka. “Todo mi trabajo es un rescate de la magia, de eso que no somos capaces de ver a diario y que es la esencia del ser humano. Con este proyecto pretendo generar una reflexión, pero una reflexión abierta, no dirigida, donde es necesario parar y repensar para sacar lo mejor que tenemos en lo más interno de nosotros”.

Reportaje Revista ED


Aunque se inició hace dos décadas con pinturas y grabados coloridos que aludían a la figura humana y los juegos o volteretas mágicas de la vida, Keka Ruiz- Tagle desde siempre ha buscado la magia de los ritos ancestrales, la liberación del espíritu , y el constante fluir o peregrinar de nuestra existencia milenaria.

Ya en su exposición de 2005, “Cartografías para trascender”, la artista – formada en la Universidad Católica,  en la Escuela de Arte de la Universidad Metodista del Sur, Dallas, y con muchas exposiciones individuales y colectivas en Chile y el extranjero – hacía emerger sus primeras figuras de greda que mostraban la marca de su viaje, y las huellas del proceso de vivir.  No en vano su aprendizaje fue en el Taller Huara-Huara de cerámica dirigido por Ruth Krauskopf.

Huara wara, en voz aymará, es la “estrella”, que permite la claridad de un cielo sin nubes en la noche del universo. Y en este caso unió a ceramistas y escultores de distintas nacionalidades y diferente pedigree, utilizando la tierra como materia, luz y faro principal.  Keka fue una de ellos.  Otro, su profesor japonés Akio Takamori quien escribió: . Me impresionó su ambición, su energía y su coraje. Keka sabía perfectamente lo que quería hacer con greda, aprendió a trabajar con mucha rapidez y sacó lo mejor de ese material”, señala.

Sus caballos, antes ensoñadores, infantiles, de música, giros de magia y bailarinas, adquirieron forma y volumen casi patriarcal y protector. Pero no solo fueron caballos los que Keka esculpió, recordando  su infancia en el campo, y su amor por los ritos de la tierra. También, y quizás en forma inconsciente, sin siquiera apelar a los ancestros olmecas, tibetanos y africanos de la cultura Nok de Nigeria que la precedieron y de los que aún quedan vestigios aparecieron sus enormes cabezas de 60, 80 cms o más.

No sabemos tampoco si los budas, las esculturas de Ife –  antigua capital religiosa del pueblo Yoruba-  los guerreros de terracota de Xian, o la colección de impresionantes cabezas en bronce de Oba en Benin – consideradas como uno de los grandes tesoros del arte africano-pudieran haber habitado con inesperada sincronía, en el imaginario muy único, personal e indagatorio, que Keka Ruiz-Tagle entrega en su actual exposición.“Los Colores del fuego”.

Muestra que le permitió el privilegio de indagar mucho y trabajar a fondo como nunca con los cuatro materiales esenciales: la tierra, el agua, el aire y el fuego. “Los rituales del fuego y el agua aparecen en todas las culturas como símbolo de transformación en ritos que aluden a la magia y la generación de luz física y espiritual que regenera y purifica”, señala la artista.

“Esta vez elegí la cerámica como el mejor camino para tocar los sentimientos. Los tiempos de la cerámica no son los de la vida, cuestión que inevitablemente lleva a una profunda reflexión. Para mi eso fue decisivo”. “Por otra parte, siento un placer táctil con la materia que se me ha transformado en una conversación y una alquimia entre madera, fuego y cenizas. Busco los orígenes y rutas de nuestra identidad. El trabajo que hoy presento es resultado de una profunda investigación de la forma y el volumen como otra forma de vida o existencia”, ha escrito la artista, a propósito de esta exposición.

Así, vemos grandes caballos solos o con pequeñas figuras humanas de equilibristas, trabajados  con técnica del ahuecado.  “El ahuecado no me gustó tanto como la superposición de las piezas, que hacía más controlable la construcción de la  figura.  Así nació  el caballo antiguo cocido a temperaturas de 800º y un caballo azul  cocido a 1.300º con esmalte, pigmento y otras quemas”.

Sobre el proceso y la investigación

En su casa-taller, Keka instaló un gran mesón en la terraza, y trabajó días enteros dando luz a estas figuras que, hasta mayo, dispuestas en hileras sobre el marco de una ventana, en mesas de centro y laterales, en el comedor, el acceso de la casa y la chimenea, fueron habitando todos los espacios hasta partir al horno ubicado en Llolleo. A todas y cada una de ellas, Keka les buscó un nombre , ligado a la magia y los ritos primigenios. Sobre el proceso y la investigación que originó esta muestra, la artista explica detalles imprescindibles de conocer.

Hechas las figuras, ¿cómo es la cocción y la quema?

“Para los ceramistas el proceso de cocción ha sido siempre un tema de preocupación por su misterio y su poder. Dentro de las distintas quemas, las piezas que hoy presento han sido realizadas en quema a leña en horno a tiro abierto tradicional.”.

¿Y cuánto duran estas quemas?

“Las quemas  anagamas  duran cinco días y la ceniza se impregna en la pieza durante el proceso en hornos cubiertos en bóveda. Mis quemas son a leña, con pigmentos y óxidos. Es una tarea grande anotar los pasos que hiciste para repetir el efecto, lo que vino del azar, pero debes hacerlo en forma rigurosa para sistematizar tu propio método. Trabajar en tu propio horno tiene una cosa alquímica. Es mirar y saber que puedes intervenir, con cenizas de arroz por ejemplo ( técnica milenaria de los japoneses) que encontré en buscando procesos antiguos. Hoy se preparan esmaltes con ceniza de arroz”.

Las cabezas y todos tus personajes ¿salieron de la pintura?

“Estos personajes salieron de la pintura, del soporte plano, pasé de las cajas de magia y de ahí a la escultura. Los atuendos, que coronan la cabeza no son sombreros ni turbantes, . Son energía y pensamiento..
Es un salto bien decisivo en tu trabajo ¿Cómo fueron apareciendo ?

“Yo estaba centrada en Giros de Magia que exhibí en el Museo de Bellas Artes , en MIM  y ahora en la Pinacoteca de la Universidad de Concepción. Pero siempre preocupada por los orígenes, la simbología de la historia, y trabajando con cerámica, con la tierra. Tengo una conexión fuerte con la tierra. Viví en el campo, la tierra es integradora, sucede algo muy especial entre la tierra y las manos, por lo que empecé a trabajar la magia y los ancestros”.
“Son personajes que vamos heredando y que tuvieron significados. Sus nombres, tienen algo sobrenatural, como ser ayudantes de magos, oficiantes de premoniciones. Esta es otra cartografía para trascender. Toda mi obra es un rescate de la magia, La figura y el caballo es una excusa para mostrar el instante que emociona.”.

Como sucede con el constante fluir entre manos y la greda…

“Las manos por dentro y por fuera se funden en la greda y el horno, y originan formas intemporales. Todo es a mano, sin herramientas finas. Los ojos son señales gráficas o cavidades. La pasta que utilizo viene en sobres  de 8 a 10 kilos desde España,  La utilizo porque es la que más se adapta, y es fácil de encontrar. Es una arcilla mezclada con chamote,

¿Cómo es el proceso mismo de la quema?

“Suave primero en la boca del horno. A medida que avanza, intervienes la figura con el pigmento, la sal, el sulfato de óxido, y ves las señales del fuego. ¡Es mucha suerte trabajar con los 4 elementos, tierra, agua ,aire y fuego!. Se produce una tremenda conexión, deja vetas, destiñe, crea muchas formas. Un sombrero de una persona en el horno es un juego de brillos y opacidades. Con los caballos…. Son sanadores, y se los usa para  terapias, pues logran comunicarse con los humanos en un nivel fino. La motivación mía es expresarme a través de los sentimientos, cuestión  que forma parte de mi lenguaje con la cerámica. Si tocas el caballo con los ojos cerrados, tocas la curva, lo suave. El volumen y color junto con la investigación el humo, los olores de la quema, son un estímulo.”

Qué se siente al final, cuando las manos se separan de la obra?

“Dejo que las figuras se sequen en 15 días, después las traslado a mi horno en Llolleo,  respetando los ritmos y los tiempos del material en la primera y segunda quema. En ese  ciclo estoy para después seguir investigando y nunca perder el sentido lúdico del descubrir, asombrarme. Amo lo desconocido, no tengo miedos, soy muy arriesgada con la materialidad que siempre te permite no  quedarte solo con las cosas que están almacenadas en la memoria.

Luisa Ulibarri


Las cerámicas de Keka Ruiz-Tagle

Fue un encantador carrusel volumétrico, hace un par de años; hoy, la pintora Keka Ruiz-Tagle nos propone cerámicas. Se trata de veinticuatro cabezas, la mitad en formato mediano, el resto en tamaño grande. En contradicción con sus nombres nativos, impregna a la totalidad de ellas sol del Mediterráneo. Ráfagas del Picasso ceramista hasta tocan sus rostros. Sin embargo, no por poseer dimensiones mayores ellas alcanzan a ser monumentales. Las más atractivas nos parecen, pues, las menores, las de tez clara y cromatismo contrastado. Así, con el ocre levemente rojizo o tostado, propio del material, suelen entrar en diálogo lindos colores más vibrantes. Eso ocurre, en especial, cuando como curioso tocado prolongan la porción superior de sus cabezas. También, la misma coronación se convierte en asa de vasija de las piezas mayores, aunque sin emparentarse con modelos precolombinos. Algunas pocas de estas grandes portan un texto, breve e innecesario. Por otro lado, si la condición pictórica de la artista se manifiesta en cada obra, al mismo tiempo -y de manera probablemente inconsciente- hace de estos trabajos una sucesión de autorretratos.

Siete caballos rechonchos, muchos con acrobático y empequeñecido jinete, completan el conjunto. Si traen el recuerdo de Mandiola, su condición de cabalgaduras de circo ideal delata la individualidad de la autora. Destaca entre estas obras “Danza”, con su decoración que evoca tiovivos de la infancia. En este sector de la exhibición, no obstante, la coloración se atenúa, en favor del producto natural ígneo.

Fijarse en qué medida la filiación pictórica de Keka Ruiz-Tagle favorece sus actuales caballos y, sobre todo, sus cabezas en cerámica.

WALDEMAR SOMMER

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